martes, 17 de abril de 2018

La paz empieza nunca de Emilio Romero

López, personaje central de esta novela, galardonada con el Premio Planeta 1957, dice que vivir resulta una aventura y que una buena parte de las vidas son aventuras apasionantes que no figuran en las Historias Universales, porque éstas son unos libros muy pequeños y bastante ingenuos. Este libro, pues, es el relato de una vida cualquiera con cosas extraordinarias y hasta increíbles. El autor elude el contar, y López es quien relata. «En estos veinte años -dice- he perdido la cuenta de todo lo que me falta, pero, milagrosamente, conservo ilusiones, ideales, esperanza en cosas, igual que ese náufrago que de repente, perdido todo, desnudo, y asido a una tabla, descubre que le sigue su sombrero, y hace todo lo posible por atraparlo, porque es como una noción perdida de sí mismo. Yo tengo conmigo mi sombrero. Yo soy yo. Y quiero salvarme con el viejo equipaje de mis orígenes. Por eso he escrito esto».
La paz empieza nunca tiene dos personajes centrales: uno es López, que es parte misma de una grandiosa y emocionante generación española que todo lo echó a rodar un día con la ilusión de poner este pueblo -amagado por su decadencia, su atraso, su hambre y sus odios- otra vez en pie. Y el otro es el tiempo, precisamente el que transcurre entre los años 1930 y 1950, que está fabulosamente removido por hombres originales y sucesos asombrosos.


RESEÑA

El eco de las trincheras en un tiempo de paz

Ganadora del Premio Planeta en 1957, La paz empieza nunca es una novela que rompe con el triunfalismo épico para adentrarse en la psicología de un hombre que, habiendo ganado una guerra, se siente incapaz de encontrar su sitio en la paz. Emilio Romero construye un relato duro, seco y profundamente masculino sobre la desilusión y el desarraigo.
Lo mejor de la novela es su honestidad existencial. El protagonista, López, es un falangista que lucha en la Guerra Civil y en la División Azul, pero al regresar a España descubre que la sociedad por la que luchó se ha vuelto acomodaticia y le resulta extraña. Romero logra plasmar magistralmente esa “nostalgia de la acción” y el vacío de quien solo sabe vivir bajo la tensión del combate. Es un retrato psicológico fascinante sobre la figura del excombatiente que se convierte en un extraño en su propio hogar.
La prosa de Emilio Romero es directa, periodística y sin adornos innecesarios. La novela destaca por su ritmo ágil y su capacidad para alternar los recuerdos bélicos con la mediocridad de la vida cotidiana en la posguerra. Aunque la carga ideológica del autor es evidente, la obra trasciende la propaganda para convertirse en un análisis sobre la frustración generacional. Los diálogos son cortantes y reflejan muy bien el cinismo y la amargura de unos personajes que sienten que el mundo que ayudaron a crear ya no los necesita.
Es una lectura imprescindible para completar el puzle literario de la España de los años 50. Más allá de su contexto político, es una gran novela sobre la búsqueda de sentido y la dificultad de cerrar las heridas de la guerra cuando el espíritu sigue en el frente. Una obra vigorosa que demuestra la potencia narrativa de Romero y su capacidad para diseccionar las contradicciones de su tiempo.


4/5

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