Alejada de los escenarios más habituales en la obra anterior de Marguerite Duras, la acción de su último relato La lluvia de verano transcurre en la ciudad de Vitry, donde vive una familia de inmigrantes cautivadora en su pobreza: el padre, un obrero italiano enamorado de su esposa con la pasión del que vive obsesionado por un temido abandono; la madre, rodeada de un halo de misterio, ignorante de su poder de fascinación, ajena, animada por el recuerdo luminoso del amante de una noche en un país lejano; los hijos, seductores natos en su atractivo físico, en su libertad, en su clara inteligencia, y sobre todos ellos Ernesto, el hijo mayor, que en medio de una soledad sin recursos se levanta como el árbol que crece en un jardín desolado de Vitry, insólito en su belleza, sobre la aridez intelectual que le rodea, impulsado por un talento privilegiado desde el día en que aparece en su vida un pobre libro maltratado en el que descubrirá el acceso al conocimiento, la brecha por la que cree llegar a una sabiduría liberadora. En La lluvia de verano Marguerite Duras vuelve al ambiente y los personajes de su película titulada Los niños, rodada en 1984, para construir una conmovedora historia de amor y desesperanza en la que su personalísimo arte narrativo alcanza momentos de fulgurante belleza.
RESEÑA
Una oda a la marginalidad y la sabiduría de la inocencia
Leer a Marguerite Duras es siempre una experiencia sensorial, y en La lluvia de verano, la autora alcanza una de sus cimas más poéticas y extrañas. La historia nos sitúa en Vitry, un suburbio gris de París, donde seguimos a una familia de inmigrantes que vive al margen del sistema. El eje central es Ernesto, un niño que decide dejar de ir a la escuela porque, según él, allí le enseñan cosas que no sabe. Lo que a simple vista parece una premisa sencilla, se transforma bajo la pluma de Duras en una meditación profunda sobre el conocimiento, el lenguaje y los vínculos afectivos prohibidos.
Lo más fascinante de la novela es la atmósfera que la autora construye: un mundo detenido en el tiempo, bañado por la lluvia y por una sensación de melancolía luminosa. La relación de Ernesto con sus padres y, especialmente, con su hermana Jeanne, está narrada con una delicadeza que desafía los juicios morales. Duras no juzga a sus personajes; los observa con una piedad casi mística. Ernesto, que aprende a leer de manera milagrosa a través de un libro quemado, se convierte en un símbolo del genio instintivo que no necesita de la institución para comprender la inmensidad del mundo.
El estilo de Duras, con sus frases cortas, sus silencios y sus repeticiones hipnóticas, hace que la lectura sea casi una coreografía. No es un libro de grandes giros argumentales, sino de estados de ánimo. La lluvia no es solo un fenómeno climático, sino un elemento que limpia, que aísla y que otorga a la pobreza de la familia una dignidad extraña y sagrada. Es una obra que explora la resistencia al orden establecido y la belleza que florece en los lugares más inesperados y desolados.
En conclusión, La lluvia de verano es una pequeña joya literaria que cautiva por su extrañeza y su pureza. Es una invitación a mirar el mundo con los ojos de quien se niega a ser domesticado por la lógica común. Una lectura imprescindible para quienes buscan en la literatura algo más que una historia: una forma distinta de habitar el lenguaje.
5/5


%20-%20Rebeca%20Stones.jpg)