Si consideramos El Buscón como una postura literaria de largo alcance, el gesto creador de Quevedo nos resulta familiar: muestra la capacidad para reconocer, apreciar, imitar y destruir las novedades literarias. La reacción del sofista es previa a la reacción del intelectual: se reduce a risa y escarnio el peligro, por cualquier procedimiento ingenioso; no se alcanza a discutir o valorar el rasgo diferencial. El resultado es la obra grotesca labrada por el ingenio, y el avance del vacío interior, que alcanza límites «metafísicos» contra la historia y la ciencia. Ese desconcierto ideológico del humanismo tardío -el del siglo XVII español- está detrás de la aparatosidad verbal de Quevedo y probablemente de su desasosiego como escritor. Hacia ese polo atrae constantemente al lector de sus obras satíricas, invitándole a una risa amarga y destructora que coloque fuera de órbita personajes, escenas, diálogos, ideas.
RESEÑA
La cumbre del ingenio y la crueldad en la picaresca
Si el Lazarillo de Tormes abrió la puerta a la picaresca, Francisco de Quevedo la derribó con El Buscón. Esta novela es la máxima expresión del conceptismo barroco, donde el lenguaje no es solo una herramienta, sino un espectáculo de fuegos artificiales. Acompañamos a Pablos, un pícaro que intenta desesperadamente ascender en la escala social para “limpiar” sus orígenes humildes y vergonzosos, solo para ser golpeado una y otra vez por una realidad que le niega cualquier posibilidad de redención.
Lo que hace que esta obra sea única es la pirotecnia verbal de Quevedo. Cada página es una exhibición de dobles sentidos, metáforas brillanes y un humor negro que llega a ser asfixiante. A diferencia de otros pícaros, a Pablos no se le trata con ternura; Quevedo observa a sus personajes con una mirada implacable y casi grotesca. El autor utiliza la deformación de la realidad (caricaturas como la del dómine Cabra) para realizar una crítica feroz a la sociedad española del Siglo de Oro, obsesionada con las apariencias y la limpieza de sangre.
Narrativamente, la novela es un viaje frenético por los bajos fondos: desde Segovia hasta Madrid y Sevilla. El ritmo es trepidante, pero lo que realmente perdura es la sensación de determinismo trágico. Por mucho que Pablos cambie de ciudad o de oficio, su destino parece sellado por su cuna. El final del libro, abrupto y cargado de amargura, encierra una de las moralejas más famosas de la literatura: “no mejora su estado quien solo muda de lugar y no de vida y costumbres”.
En conclusión, El Buscón es una lectura obligatoria para entender el genio español. Es una obra que fascina por su crueldad y deslumbra por su manejo del idioma. No es una lectura cómoda, pero es una experiencia estética insuperable que demuestra que el lenguaje, en manos de un genio, puede ser el arma más afilada del mundo.
5/5

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