David, o Déibid Weirdo, como le gusta que le llamen, es un preadolescente que ve el mundo desde una perspectiva muy diferente a la del resto de su familia y no está pasando por su mejor momento: sus padres se acaban de separar, su hermano mayor, Dano, ha dejado de hablarle sin que Déibid sepa el motivo y, para colmo, se ha enamorado por primera vez de una chica de la que no sabe ni su nombre.
Santi Balmes sumerge al lector en el mundo fantasioso y peculiar de Déibid, los sucesos cotidianos y extravagantes que acontecen en su estrambótica familia y hace que viva con él su despertar a la adolescencia, al amor y a la sexualidad.
Santi Balmes sumerge al lector en el mundo fantasioso y peculiar de Déibid, los sucesos cotidianos y extravagantes que acontecen en su estrambótica familia y hace que viva con él su despertar a la adolescencia, al amor y a la sexualidad.
Una novela tierna y descarnada en la que la profundidad de las emociones llega envuelta en una capa de ironía y humor.
RESEÑA
Melodías de una madurez precoz: el Holden Caulfield pop de Santi Balmes
En Bajaré de la luna en tirolina, el músico y escritor Santi Balmes nos introduce en la mente de David, autoproclamado Déibid Weirdo, un niño que navega por el complejo escenario del divorcio de sus padres, el silencio repentino de su hermano mayor y los primeros atisbos del amor adolescente. La novela destaca por intentar construir una suerte de El guardián entre el centeno a la española, donde el inconformismo y el cinismo juvenil heredados del clásico de Salinger se trasladan al contexto patrio moderno. A través de este monólogo interior, el autor retrata con acierto el duelo por la inocencia perdida y la profunda incomprensión que sufre un chico atrapado en una realidad adulta hostil e hipócrita.
Sin embargo, el motor de la historia flaquea gravemente en su verosimilitud a causa de la edad asignada al protagonista. Aunque la trama insiste en que Déibid es un preadolescented de apenas 11 o 12 años, el nivel intelectual de sus reflexiones, la elaborada estructura de su cinismo y sus agudísimos comentarios encajan mucho mejor con un adolescente de 16 o 17 años. Esta marcada disonancia provoca que, en numerosos pasajes, el lector perciba con demasiada claridad la sombra del propio Santi Balmes proyectando su madurez melómana y su bagaje cultural, rompiendo la ilusión de estar escuchando la voz genuina de un niño en plena transición vital.
A pesar de este desajuste psicológico que resta credibilidad al personaje, la novela compensa sus carencias con un ritmo ágil, un humor gamberro muy particular y un despliegue de ingenio ideal para los amantes de la cultura pop. La música actúa como un balsámico refugio tanto para el protagonista como para la propia narrativa, transformando los conflictos mundanos en escenas de un vibrante videoclip imaginario. En definitiva, es una obra que funciona mejor como un ejercicio de nostalgia y estilo literario para lectores adultos que como un retrato realista y fiel de la preadolescencia actual.
2/5

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