El 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió el peor ataque terrorista de su historia. Diez minutos después de que las bombas estallaran, sonó mi móvil. Entonces yo trabajaba como periodista. Tenía 24 años. Las dos semanas siguientes me las pasé en la calle, en los hospitales, en la morgue. Hacía frío en todas partes. Recuerdo ese frío porque nunca se fue del todo. Por eso necesitaba regresar desde la ficción a la quiebra de sentido que fue el 11 de marzo para mí. La ficción es siempre un ejercicio de superación. Necesitaba personajes que no entendieran nada, como yo, perdidos, atrincherados en alguna realidad sólida. Y necesitaba volver a todos los escenarios del 11M de la mano de una mujer que no solo llevara encima una rigurosa literalidad periodística sino también su propia fragilidad. Toda la información que aparece en esta novela es real. Y sin embargo se trata de un estricto ejercicio de ficción. Un viaje de la imaginación hacia una realidad movediza y llena de fisuras.
RESEÑA
Entre la brillantez lírica y el exceso de introspección
Cosas que brillan cuando están rotas es una de esas novelas que no dejan indiferente, pero que requieren una disposición mental muy específica. Nuria Labari aborda las secuelas del 11-M no como un reportaje, sino como una autopsia emocional de lo que queda después del desastre. El resultado es un libro con luces y sombras muy marcadas.
Lo mejor es que la capacidad de la autora para encontrar belleza en el dolor es innegable. Hay pasajes de una potencia poética arrolladora donde logra explicar lo inexplicable: cómo el tiempo se detiene para la víctimas mientras el mundo sigue girando. Su enfoque en la resiliencia y en la reconstrucción de la identidad (el concepto de kintsugi aplicado a la memoria) es de lo más lucido que se ha escrito sobre el trauma colectivo en España.
Sin embargo, esa misma ambición literaria es su mayor obstáculo. A ratos, la novela se vuelve excesivamente abstracta y filosófica, alejándose de la narrativa para entrar en el ensayo personal. Esto provoca que el ritmo se estanque y que el lector sienta que la autora da vueltas sobre las mismas metáforas una y otra vez. Esa densidad intelectual, aunque brillante, termina creando una barrera emocional que impide conectar del todo con la parte más humana de la historia.
Es una obra valiente y estilísticamente impecable, pero que puede resultar agotadora por su falta de acción y su tono monocorde. ES una lectura recomendada para quienes disfrutan de la prosa reflexiva y fragmentada, pero quizá decepcione a quienes busquen un relato más directo o una conexión emocional más visceral con los hechos.
3/5

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