domingo, 25 de julio de 2021

Libro de buen amor de Juan Ruiz, arcipreste de Hita

Escrito en el siglo XIV, en plena Edad Media española por Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (Guadalajara, diócesis de Toledo), nacido en Alcalá de Henares (Madrid).
Un arcipreste es un cargo religioso que dirige una zona de una diócesis (a su vez, la diócesis es administrada por un obispo).
Mediante continuos recursos irónicos, el autor equilibra la desvergüenza y la delicadeza en un texto tan didáctico como humorístico, tan piadoso como lujurioso. Y tan sencillo en ocasiones y oscuro en otras como corresponde a los escritos de un clérigo de hace setecientos años. En un fragmento (sobre el sacramento de la penitencia), el autor avisa de que:

“Escolar soy muy rudo, ni maestro ni doctor,
aprendí y sé poco para ser demostrador;
esto que yo digo entiéndalo usted mejo;
bajo la vuestra enmienda pongo el mi error.”

El título actual dado a toda la obra (Libro de buen amor) se infiere de los propios comentarios que contiene, puesto que ha llegado hasta nosotros sin una denominación genérica clara. Lo propuso el filólogo Ramón Menéndez Pidal en 1898. Nótese que se le denomina «de» buen amor, y no «del» buen amor.
El Libro se enmarca en la ideología religiosa castellana de la época, algo más cercana en lo erótico al texto hebreo original de la Biblia y sus interpretaciones (donde el sexo no se considera malo) que a la versión oficial del tema que se pretende imponer desde Roma, en la que el placer sexual no es admitido como algo positivo. El Arcipreste (sacerdote de cierta categoría) habla con naturalidad en su obra de la extendida barraganía de los clérigos (tener una mujer como pareja civil, sin casarse por la Iglesia), e incluso de sus amores con una monja.


RESEÑA

Un festín de vitalidad, sátira y ambigüedad medieval

Considerada una de las cumbres de la literatura española, esta obra del Arcipreste de Hita se despliega como una autobiografía ficticia que desborda ingenio, humor y una profunda comprensión de la naturaleza humana. A través de una estructura miscelánea, el autor nos narra sus propios intentos de conquista amorosa, guiado a menudo por la astuta Trotaconventos, un personaje precursor de la Celestina. Lo que comienza como una supuesta advertencia moral contra el “loco amor” del mundo, se conviert pronto en una celebración vibrante y contradictoria de los placeres de la vida, el deseo y la picaresca.
La genialidad del libro reside en su asombrosa variedad de géneros y tonos. El Arcipreste entrelaza con maestría fábulas de animales, parodias de la épica —como la célebre batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma— y una lírica religiosa que convive, sin aparente conflicto, con versos profanos y burlescos. Esta dualidad define el espíritu de la obra: unan constante tensión entre el deber espiritual y la tentación carnal, presentada siempre con una ironía que invita al lector a ser juez de lo que lee. No es solo un poema narrativo, es un fresco social de la Edad Media donde la risa funciona como el vehículo principal para la reflexión.
Lejos de ser una pieza de museo polvorienta, el Libro de buen amor sorprende por su lenguaje vivo y su ritmo ágil. La riqueza de su vocabulario y la destreza en el uso de la cuaderna vía demuestran que el autor era un virtuoso de la palabra, capaz de dotar de humanidad y picardía a cada episodio. En definitiva, es una lectura imprescindible para entender la complejidad del alma humana y la evolución de nuestra literatura; un libro que, siglos después de su escritura, sigue cautivando por su frescura, su rebeldía y su capacidad para retratar las eternas debilidades de nuestra especie.


5/5

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