La sorpresa es un ingrediente esencial de cualquier día en la Cuba revolucionaria, y ninguno de los veintitantos personajes de esta novela va a sustraerse a lo que la revolución puede ocasionarle en pocas horas. Desde el líder máximo -el verbo-, hasta José, con sus ecos marcianos, pasando por Ignacio, prisionero de un cerco más estrecho que el de las cuatro paredes del refugio clandestino, todos quedan sometidos a un fatalismo revolucionario en que causalidad y casualidad se confunden, mientras que el mar, testigo impasible, asiste al devenir humano.
Escrita sin el didactismo que padecen otras novela sobre este mismo tema, el autor recurre al diálogo, a descripciones objetivas y al humor -epidermis cubana-, para alejarse de un tema que de otra suerte le resultaría demasiado íntimo. La acción se centra en La Habana -ambiente y protagonista-, ciudad donde resulta peligroso caminar, porque ya no hay aceras.
Finalista Premio Planeta 1968
RESEÑA
Sombras en la revolución
La novela No hay aceras, de Pedro Entenza, destaca como una de las propuestas más singulares que llegaron a la final del Premio Planeta en 1968. Ambientada en la Cuba de los primeros años de la Revolución, la obra se aleja del panfleto político para centrarse en un mosaico de personajes atrapados en un clima de incertidumbre y sospecha. A través de una narrativa coral, el autor disecciona cómo un proceso de cambio radical afecta a las conciencias individuales, donde la lealtad y el miedo se entrelazan en las calles de una Habana que empieza a perder su fisonomía habitual ante el avance del nuevo orden.
El gran acierto de Entenza es su capacidad para capturar el fatalismo revolucionario sin recurrir a juicios de valor simplistas. Los protagonistas, desde líderes hasta ciudadanos anónimos, se ven arrastrados por una corriente histórica que los sobrepasa, donde el aislamiento se convierte en una constante vital. La metáfora del título, que sugiere la falta de un camino firme o seguro por el que transitar, refuerza esa sensación de asfixia y desprotección del individuo frente a la masa. Su prosa es directa y posee un tono casi documental que dota a la historia de una autenticidad cruda, reflejando el desmoronamiento de las estructuras sociales previas.
En conclusión, No hay aceras es una obra valiente que ofrece un testimonio literario imprescindible sobre la identidad y la alienación en tiempos de crisis. Aunque el contexto histórico es específico, los dilemas morales que plantea sobre la libertad personal y el peso de las ideologías mantienen una vigencia sorprendente. Es una lectura que exige atención por su carga existencial y su estructura fragmentada, pero que recompensa con una visión profunda y humana de un momento histórico convulso. Una joya de la literatura de exilio que merece ser rescatada por su honestidad y su fuerza narrativa.
4/5

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